La orientación sexual está íntimamente relacionada
con los conceptos anteriores. Se utiliza el término heteronormativo para
describir el sistema cultural de género que determina que las mujeres
deben desear a los hombres y viceversa, estableciendo la
heterosexualidad como norma. Esta ideología está basada en la función
reproductiva de las mujeres y determina la perpetuación de las mujeres
como reproductoras de la vida, destinadas al ámbito domestico y sin
autonomía sobre sus cuerpos y su sexualidad.
Así, cualquier
tipo de deseo que se salga de esta norma, ya sea la homosexualidad (el
deseo hacia personas del mismo sexo), la bisexualidad (hacia personas de
ambos sexos), o el deseo desde y hacia las personas transexuales, es
discriminado, invisibilizado, privado de igualdad de derechos y
oportunidades, e incluso penalizado en algunos países. De hecho, las
parejas formadas por personas del mismo sexo no tienen en la mayoría de
los Estados de la región, los derechos que el matrimonio concede a las
parejas heterosexuales: cobertura de la seguridad social, derecho a la
adopción, derechos testamentarios de la pareja, la recepción del
cuerpo cuando muere, etc.
El importante trabajo realizado por
el movimiento social LGBTTI a favor del reconocimiento de los derechos
de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero e
intersexuales, ha conseguido posicionar la lucha por los derechos sexuales como uno de los nuevos temas de derechos humanos,
logrando cambios importantes en los últimos 25 años. Pero incluso al
interior de este movimiento ha habido discriminación de género. Así lo
han denunciado las mujeres lesbianas que han reivindicado su espacio y
se han pronunciado contra la invisibilización a la que se ven sometidas,
tanto dentro como fuera del movimiento.
Las personas LGBTTI
sufren la discriminación de distintas formas: insultos, hostilidad,
despido del lugar de trabajo, exclusión comunitaria e incluso leyes que
penalizan con cárcel las relaciones sexuales entre personas del mismo
sexo con consentimiento. A menudo experimentan la discriminación en los
servicios de salud y son maltratadas/os por la policía. Y la
discriminación y las agresiones en la escuela provocan que muchas
personas LGBTTI sean expulsadas o abandonen los centros educativos,
perdiendo la oportunidad de desarrollarse y conseguir empleos formales.
En el caso de las mujeres, el disfrute de su sexualidad se ha visto
invisibilizado, controlado y confinado a la función reproductiva y la
búsqueda de la supervivencia. Incluso la “lesbofobia” ha sido utilizada
como arma contra el movimiento de mujeres y feministas, que han sido
acusadas “peyorativamente” de lesbianas, incidiendo así en la
estigmatización de sus luchas.
En el caso de los hombres, la
respuesta social que han encontrado al vivir plenamente su sexualidad e
identidad de género, ha sido la violencia e incluso la muerte. Wezel
(Wezel, 2001) afirma que existe una relación directa entre la homofobia y
la denigración de los considerado femenino. La sociedad interpreta la
homosexualidad de los hombres como una feminización de estas personas, y
castiga duramente la “falta de virilidad”.
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